Mil millones de años atrás, un asteroide de extraño aspecto, entró en el sistema solar, sin llamar la atención, y con la misma actitud que un turista despistado. Anduvo orbitando los primigenios cuerpos celestes, como si estuviera trazando un mapa, buscando algo concreto en la cosmografía del sistema. Con su aspecto de roca inerte y porosa, cubierta por una ajada capa de hielo, como si llevase un guardapolvos sucio; nadie, ni nada, en el sistema le prestó mucha atención. Era solo un pedrusco entrometido más, de los muchos que el universo pone a navegar por el infinito espacio. Sin embargo, éste pequeño intruso, como ya habrán sospechado, a pesar de su apariencia, no tenía nada de ordinario. Un ente biológico, una rara forma de vida, viajaba en su interior. Lo hacía preservado por un sueño criogénico, dentro un módulo esférico, que le suministraba soporte vital y lo que no es menos importante, un futuro hogar. Tras un deambular presuntamente anárquico, se detuvo ante una hermosa formación planetaria. Era de una belleza singular y estaba formada por un planeta que contenía enormes masas de agua, y una enorme luna. El viajero rocoso puso fin a su odisea, había encontrado vida en desarrollo primario. Su errante andadura tocaba a su fin, puso rumbo a la luna que orbitaba el planeta, y se estrelló contra su cara oculta, pues parecía importante para él mantenerse en la clandestinidad más absoluta.

Fue un impacto calculado, y la roca desafiando las leyes de la física conocida, apenas levantó algo de polvo al entrar en contacto con la fina superficie lunar. Al momento se resquebrajó, siguiendo un patrón geométrico y emulando los gajos de una naranja. La forma esférica de una estructura metálica, y a la vez translúcida, se observaba con claridad. En su interior la figura de un cefalópodo de piel negra, y ojos diminutos, se desperezaba tras un largo pero consciente sueño.

Aquel ser contempló lleno de admiración, como nos hubiera ocurrido a cualquiera de nosotros; como el artefacto en el que había viajado, animado por una fuerza vital e invisible, se dispuso a crear un pequeño mar de la nada. Un mar de color púrpura, un mar salado, y cuya superficie ondulaba suavemente, sobre el paisaje árido y oscuro, que iba a convertirse en su hogar. El calamar satisfecho, con su nuevo hábitat se zambulló en las aguas exultante de felicidad, y nadó dejando humedecer su piel. Tras más de mil años de larga travesía, adormecido en su cubículo, no podía contar las veces, que había soñado con un instante como el que estaba experimentando. Echó de menos algo de compañía, “Quién sabe-se dijo-quizás Hyrshyd, decida remediarlo, mañana, o ayer, o puede que incluso siempre”. Luego desechó cualquier inquietud, y decidió seguir regocijándose en su placentero baño

Acto seguido dio gracias al creador, al mago, al señor de la materia y del tiempo, por haberle elegido, para ser sus ojos y sus sentidos en aquel lugar. Con el paso de los eones, la vida iba a dar lugar a miles de millones de historias, que él tendría el honor de compilar, para poder ser diseminadas en el alma del universo. El calamar se dispuso a hacer su trabajo. Millones de organismos eucariotes, en su diminuta existencia, ya estaban componiendo tramas y no deseaba perderse un solo instante de los sucesos de cada una de ellas. Cerró los ojos para optimizar sus sentidos, y poder observar con la máxima claridad, y así desde la cara oculta de la luna comenzó su fascinante labor. Desde ese preciso instante el bello animal; cefalópodo, en apariencia ciego, pero capaz de ver a través de la roca lunar, con sus ocho brazos, y sus dos tentáculos dispuestos en pares, se dedicó a contemplar las vivencias de la tierra. Feliz en su mar púrpura, nunca ha dejado de recopilar la experiencia vital de todos los seres que la habitan, ni de susurrar al universo todo cuanto es capaz de observar y sentir. Se sabe, porque lo murmuran las nebulosas más viejas del lugar, que el calamar lunar, con el tiempo, ha sido incluso inspirador, musa y simiente de todas las artes conocidas. Ya que algunos de los seres que percibía eran capaces de sincronizar sus mentes y sus almas, con las regulares transmisiones del calamar lunar. Se dice, que la primera melodía que se cantó en la tierra, nació del llanto agónico de un ostracodermo, y que cientos de millones de años después fue articulada en sonidos musicales, por un homo hábilis, que fue capaz de oírla en sueños, mientras el calamar lunar la cantaba…

El calamar lunar, viajero del tiempo y del espacio, comienza sus susurros…

By Mik Way. T