“El retratista”

Lóbrega era la luz y polvorienta la atmósfera que se respiraba en aquel enorme apartamento, desolado y lleno de ángulos incongruentes. Sus paredes desolladas por años de abandono, y un suelo desigual, parecían repeler cualquier invitación a dar un paso. Me sorprendieron las docenas de fotografías viejas, que colgaban de las paredes del pasillo principal, como condenados a muerte en un cadalso, esperando que algún día, una mano piadosa, decidiera descolgarlas y darles descanso eterno. Rostros de todo tipo, de todas las edades, sexo o clase social, una extensa exposición del trabajo de toda una vida, se apretaba en aquellas paredes mohosas. Cientos de miradas que expresaban, dolor, ira, rabia, sufrimiento, miseria, amargura. Sobresalían de sus marcos de madera labrada, y su cárcel de cristal, y se abrían camino a través del polvo, la suciedad y el olvido, como si emergieran del infierno, pidiendo ayuda al espectador, o quizá advirtiéndole del peligro de la miseria humana. Me producía escalofríos contemplar las facciones de los hombres y mujeres que componían aquella antología del horror, y suplicaban insistentes, como almas en pena, ser liberadas. Me invadió el deseo de hacerlo, de haber estado en mi mano, no lo habría dudado, y habría prendido una buena hoguera. Aunque también he de admitir, que hacerlo, significaba destruir un fondo artístico, rico en talento y una capacidad expresiva inigualable. Resultaba imposible no reconocer, el indiscutible genio y la agudeza, que habitaba en la mirada del artista que había creado aquel monumento gráfico al horror. Era tal la lúgubre impresión que te recorría el alma, al dejarte atrapar por la obra del artista, que, de no haber sido por mi necesidad de trabajo, me habría marchado de aquella casa sin dudarlo. Tenía bastante con mis propias miserias, como para soportar aquella trágica perspectiva de la existencia humana. Atrapado por la visión de aquella colección de arte, en medio de aquella casa mugrienta, sentía deseos de marcharme, cuando vi llegar al artista, por el otro lado del pasillo. Venía dispuesto a recibirme, se movía con dificultad, y una sonrisa amable y llena de satisfacción lo acompañaba.   

Maximiliano Vink, fue un reconocido fotógrafo décadas atrás, un experto en la materia, de fotografiar el lado más triste del ser humano. Era un tipo de aspecto frágil y rostro afligido. Su cabello gris, raleaba desde la frente, y dejaba ver unos ojos castaños, de aspecto esmerilado, tan tristes como su morada, el vejestorio estaba medio ciego, motivo por el que al parecer se vio obligado a abandonar su arte. Sin duda necesitaba de compañía, y atención, y para eso estaba yo allí. Aunque mi primera impresión había sido nefasta, al viejo retratista le bastó con un simple saludo, para ganarse mi simpatía. Aquella casa resultaba deprimente es cierto, y sin embargo la fuerza de ánimo, del señor Vink convertía aquel mausoleo repleto de tétricas instantáneas y poco acogedor, en un lugar agradable donde dejar pasar las horas. Un hogar no se compone de fastuosidad y pompa, sino de las personas que lo habitan, y él y su animada charla lograban que uno superase la inevitable sensación de hostilidad que te asaltaba en cuanto ponías un pie en su mazmorra. Una alegría que no disimulaba, por tenerme allí, le desbordaba. Se ganó mi aprecio en unos minutos, también mi compasión, al verle sobreponerse a su vejez y a su incapacidad, echando mano de una gran fuerza de su voluntad, para abrirse camino a tientas por la casa, mientras charlaba conmigo. Vink le daba sentido a la palabra hogar, tanto que mis miserias, me parecían insignificantes al sentirme amparado por su alma hospitalaria. Su bondadosa personalidad contrastaba con el carácter oscuro de su obra, y puedo asegurar que jamás conocí a nadie, que pudiera hacer invisible la miseria de una casa y de sus propias circunstancias, con la facilidad de aquel viejo tullido. Conseguía hacerse valer por encima de todas las comodidades que el cuerpo necesita para sentirse acogido, a todo le daba un sentido cálido y apacible. Transmitía amabilidad, y ganas de hacerte sentir bien y soy testigo de que lo conseguía, era un don natural de su persona. Me sentía ansioso, por permanecer en la casa, trabajar con él, ayudarle en su día a día y aprender de la experiencia vital de un ser con un notable talento artístico, poseedor de un alma deslumbrante, y una charla enriquecedora.

Conversamos durante unos minutos de forma distendida en el salón, habíamos preparado té, me habló de su época gloriosa con entusiasmo y mucha nostalgia. Fue cuando recordé que ni siquiera se me había ocurrido mencionar mis condiciones salariales, era un tema delicado, el viejo parecía un hombre de pocos recursos. Me apenaba hacerlo, pero tarde o temprano tendría que exponer la cuestión. Vink llevado por la exaltación de sus recuerdos, y por una hilaridad juvenil, salió del salón para buscar su vieja cámara, el centro de gravedad de toda su existencia, parecía rejuvenecido y feliz, y pensé que sería buen momento para zanjar el tema del pago por mis servicios. Llegó al salón y montó la cámara en el trípode, el viejo se sentía tan ilusionado y revivido, que temía defraudarlo hablándole de dinero, me sentía un completo miserable. No veía la forma de introducir el tema, sin quebrantar la cándida ilusión que le embargaba en aquel momento. No debía haber muchos momentos tan llenos de gozo, en la solitaria vida del viejo, pero no podía obviar el tema. Necesitaba dinero, y mientras yo sufría, él con delicadeza y cariño, preparaba la cámara para una foto. Me sudaban las manos, y seguía sumido en mis dudas, cuando vi relucir como un fogonazo, el brillo del gran cuchillo que su mano firme y descarnada, alzó y hundió sobre mi pecho… ¡Mierda! Horrorizado, y paralizado, contemplé como me desangraba, y como el viejo sumido en un éxtasis hiperactivo no dejaba de retratarme, con una excitación descontrolada. La herida certera que me infligió me sumió en una agonía que duró minutos, y cuando la muerte me alcanzaba, juro que le vi rejuvenecer, al tiempo que la cámara recogía sin perder detalle cada terrible expresión de mi rostro.

No sé el tiempo que llevo colgado de la pared del pasillo, y grito desesperado, con gestos que atraviesan la mugre que cubre mi foto, en un vano intento de ser escuchado, y liberado. Han llamado a la puerta, otro desesperado como yo, acaba de penetrar en la mazmorra. Oigo los pasos del viejo, y los gritos de todos los que colgamos de ese camposanto maldito, junto al de su sonrisa hogareña, acercándose.  

Mik Way. T © 

Foto cabecera : Wendelyn Jacober

Foto texto : Octoptimist

Un nuevo relato, aun caliente, no sé reprimir las ganas de publicarlos, y lo hago a bote pronto, algún día me curaré de esto, mientras os agradezco comentarios y valoración Un abrazo a tod@s¡¡¡¡

8 respuestas a ““El retratista”

    1. Es una temática que no suelo trabajar, lo fantástico, y en este caso tono lúgubre, quería probar el resultado. Muchas gracias por tu comentario, y me alegra mucho que te haya gustado. ¿ Se intuye el final, o te sorprendió? 😀🌹

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    1. Muchísimas gracias Lola, lo sigo retocando, porque tiene imperfecciones, pero lo que más me preocupaba en el relato, era precisamente, lograr que el desenlace fuera del todo inesperado. Un abrazo, agradezco mucho tu comentario, tu valoración y el tiempo dedicado a esta lectura. 😘😘🌹✨✨✨😘

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    1. Hola Natalia muchas gracias por el comentario, éste es un género que me interesa, lo fantástico, por las posibilidades creativas que genera, no lo he trabajado como quisiera, y por eso valoro más si cabe, tu comentario. Un abrazo grande ¡¡✨😘😘😘🌹

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