El Goliardo

Foto: Cuadro de Pieter Brueghel

Heriberto de Monpou, fue un niño condenado al nacer. Llegó al mundo en noche de luna roja, auspicio maléfico, que los líderes de la aldea y sus beatas tomaron bien a pecho, señalándolo como engendro del diablo, desde su primer llanto. Una mata de pelo cobriza y revuelta, una verruga bajo el pómulo derecho, y un iris color ámbar, contrapuesto al azul del otro, no hicieron sino agrandar sospechas. Su madre lo amaba y protegía cuanto podía. Su padre lo veía como una carga, y así antes de cumplir los siete tiraba junto al padre del arado. Era un animal de tiro, y tenía que ganarse el pan, y el perdón de dios. Era su penitencia, por ponerle en boca de los asiduos a la taberna, en boca de los asiduos a la parroquia, y en boca del ilustre Abad del convento Benedictino, el reverendísimo señor, Mateo de Taillet. El monasterio era duro con los diezmos, pero en ocasiones mostraba piedad con algunos vecinos de la aldea, jamás con el padre de Heriberto, progenitor del niño maldito. Heriberto no tuvo amigos de infancia, ni siquiera tuvo infancia, todos le hacían burla, y en el fondo le tenían miedo. Había en el muchacho una alegría innata, por entonces inocente, que a todos asustaba. No era una alegría esporádica, era un caudal brillante, que ilumina su ser, de forma constante.  Era atrevida, audaz, capaz de desafiar la crueldad y sobreponerse. Le hacían sangrar a puñetazos, podían orinarle encima, enterrarlo en excrementos de caballo, humillarlo, pero jamás fueron capaces de aplastar su torrente de alegría ¡Irás al infierno! Le gritaban, a lo que él contestaba ¡ya estoy en él! Siempre he creído que lo que más odiaron de Heriberto, fue exactamente eso. Él lo sabía, su victoria sobre el pueblo entero, era su sonrisa, y la exhibía y paseaba por la aldea, aun teniendo la cara magullada, y el cuerpo roto, con un destello de arrogancia en su bicolor mirada.  

Lejos de arrugarse, arropado por el amor incondicional de su madre, aquella vida forjó un carácter fuerte, rebelde, y descarado. Madre le recitaba oraciones y le hablaba de la bondad de cristo y de sus enseñanzas. Cristo le caía bien. El párroco era un malnacido y un borracho, que metía su mano bajo las faldas de las doncellas, en cuanto el vino le coloreaba la cara. Los lugareños en su mayoría, una banda de gallinas asustadas y dóciles, que aprovechaban cualquier ocasión para ser más dignos del diablo que de dios, pero no se saltaban una sola misa, por miedo a ser señalados. Eran brutos, violentos, y crueles, y ejercían tales dones solo con aquellos, más débiles e indefensos. La pirámide del miedo, sostenía el orden social. Los monjes no eran mejores, ávidos recolectores de impuestos, que exprimían al mundo para así mejor servirse ellos y por ende a dios. Heriberto decidió ya siendo niño, que cuando tuviera que hablar con cristo, o con su padre dios, lo haría en voz baja, y prescindiría de aquella jauría de servidores del altísimo. Era un niño despierto, madre pronto dejó de prestarle tanta atención. El tiempo y las buenas cosechas le habían traído tres hermanos más, por un lado, un alivio pensó, en unos años ellos tirarían de arado, y él escaparía de aquella asquerosa aldea. Se haría soldado, o comerciante, cruzaría mares, y se haría rico, y cuidaría de madre. Era su sueño, cuando al cumplir once años, allá por 1347, la peste alcanzó la aldea, y como la hoz gigante que había segado la vida a más de media Europa, cuando llegó no tuvo piedad. Murieron primero los pequeños, después el viejo cabrón.  Heriberto rezó como jamás lo había hecho, hasta dejar sus rodillas en carne viva y su corazón y su alma extenuados, pero dios no quiso salvar a su madre. Ella los había cuidado a todos, padre y hermanos. Sin dormir, casi sin comer, sin dejar de orar, ni de aliviar la fiebre y el sufrimiento, con paños de agua caliente y emplastos de setas o amapolas silvestres. Nunca lo entendió. La enterró junto al resto, bajo la arboleda que lindaba con el campo de cebada. Allí, solo un viejo cuervo asistió al funeral, y permaneció junto a él todo el día y la noche, velando el dolor de su corazón roto, desde su mirada oscura y penetrante. Al día siguiente llegaron los monjes, prendieron fuego a la casa, oraron rápidamente ante la tumba de su madre, agua bendita, pim, pam, y sin saber muy bien porque, se lo llevaron con ellos al monasterio.

Lo pusieron a tirar del arado, tenia que ganarse el pan. No quedaba mano de obra, la peste estaba equilibrando a la sociedad. Él seguía siendo un maldito, pero el monasterio necesitaba brazos, aunque fueran de maldito. Allí, uno de los hermanos le enseñó a leer, a escondidas del ilustrísimo señor Abad, que no veía con buenos ojos, tanta condescendencia con la plebe. De la misma manera, adopto destreza con el laúd, y con algunos de los misterios de la vida; el vino, las viandas, la ciencia, las artes de galeno, o la caligrafía. La peste se aburrió de matar, cuatro años después, y entre tanto el niño se había convertido en un apuesto mozo, harto de enterrar muertos, pero instruido, para ser un plebeyo. Su Ilustrísima señoría el Abad, Mateo de Taillet, le ordenó presentarse ante él. Heriberto no quiso dar jamás, detalles de lo ocurrido con el Abad, pero al día siguiente marchó del monasterio, habiendo sido declarado hombre libre. Colgó un hatillo de su espalda, y tocando su laúd se alejó, abochornando con su alegría, a todo aquél que le vio marchar.  

Fueron los siguientes años un renacer en todo el continente, Heriberto un joven de aguda inteligencia, se había convertido en juglar, un goliardo irreverente en muchas ocasiones. Adoptó una vida al margen de la moral cristiana, aunque comprendiendo las reglas del juego, mostró oro en los cepillos de la iglesia, para ser digno hijo de cualquier comunidad. Siempre teniendo cuidado de impostar con acierto, decoro, solemnidad, sometimiento. Lo que jamás pudo evitar fue reprimir su condenada alegría, por más que quisiera ocultarla, sabiendo el riesgo que suponía. El muchacho se hizo hombre, halló experiencia, conocimiento y algo de fortuna. No le preocupaba lo que dios pudiera hacer con su alma, aprendió a través de los monjes, que el señor podía llegar a ser muy tolerante. Era reclamado en todas las festividades de las más importantes villas y cortes. Conoció placeres de la carne en los brazos de mozas y doncellas, incluso de la nívea piel de la nobleza. Fue testigo, de la incesante transgresión de cuanto mandamiento, constaba por escrito en las sagradas escrituras. Fue testigo de traiciones, de gula, de lujuria, avaricia, envidia, usura, soberbia, ira, pereza, sadismo, crueldad, eran muchos más que siete, se dijo una vez ebrio, en el lecho de un lupanar. Sus canciones y poemas le brindaron ser testigo de la luz y de las sombras. Fue hombre admirado, y durante años sus rasgos diabólicos los que tanto le marcaron en su infancia, fueron ignorados, o tomados simplemente como una rareza natural. Condes, duques, obispos, ricos mercaderes, plebeyos, siervos, ellos y sus mujeres, todos le querían cantando y alegrando vidas a su lado. Su manantial de alegría era un elixir solicitado, admirado, apreciado y consumido, sin límite, ni pudor. El oro corría por las venas de Europa, tras la siega indiscriminada de la peste. Las almas necesitaban, además del consuelo divino, enterrar dolores y penas, en vino, canciones y lujuria. Heriberto por entonces hizo de su alegría un articulo de lujo, que repartía a discreción, sin negarla a nadie, y aceptando el pago de un príncipe o de un labrador, según fuera la ocasión. Fueron buenos tiempos para el goliardo y su caudal de alegría. Aunque nada bueno, ni malo dura para siempre, y así este tiempo terminó de forma brusca.   

La mala fortuna quiso, que un sobrino, de un sobrino, del rey de Francia, corroído por los celos, denunciase a Heriberto ante la santa inquisición. El obispo Mateo, un viejo conocido de Heriberto, no desaprovechó la ocasión. Brujería, herejía, invocación del diablo, iris de distinto color, dionisiaco rey de los aquelarres. Era una buena pieza, que cobrar para el santo tribunal, quizá le supondría su ascenso a cardenal. Las autoridades eclesiásticas andaban por entonces preocupadas, por la disoluta moral que imperaba. Condenar a Heriberto un famoso goliardo, parecía un buen escarmiento para todos. El proceso fue corto, el goliardo emanaba alegría, aun consciente de su terrible situación, y fue prueba irrefutable de su conciliábulo con el diablo. El reo confesó sin necesidad de probar el hierro, y no se le ofreció indulgencia por arrepentimiento, pues el brillo alegre de sus iris bicolores, nunca se apagó, ni consta que el condenado la solicitase.

Heriberto fue condenado, el fuego lo purificaría. El día en que fue quemado vivo, el goliardo entonaba canciones desafiando a una concurrida plaza, atestada de plebeyos, y a una tribuna repleta de autoridades, nobleza y clero. Muchos acudieron a escuchar los últimos estertores de su alegría, por fin la verían claudicar. El verdugo prendió la leña, pero algo extraño sucedió, el fuego se resistía a devorar la madera y alcanzar a Heriberto, que siguió cantando ¡Cantando con suma alegría! Dedicando cantos a la concurrencia, envuelto en el humo denso que desprendía la hoguera. La leña se resistía a prender, y quizá fue éste, el último favor que le brindó la fortuna. Heriberto murió por inhalación de humo, y sin dejar de cantar, con su maldita alegría elevándose hacia el cielo, en cada nota que entonó hasta su último aliento. Hubo descontento general, la sentencia se había cumplido, pero el goliardo se fue burlándose de todos, sin concederles satisfacción, sin pedir piedad, ni perdón, sin someterse, ni plegarse. La pira despidió tanto humo durante la ejecución, que actuó como un enorme incensario. Nadie sabe si fue la madera, o el alma del condenado, pero aquella bruma blanca que cubrió la plaza, y todas las calles de la ciudad, infundió una irreprimible alegría en todos sus habitantes ¡Maldito hijo de perra! Fueron las palabras que dicen, se oyeron salir de la boca del encolerizado, obispo de la diócesis, presente en aquel acto; el viejo decrépito, que fuera antaño Abad de Monpou, y que murió aquella misma tarde, durante un ataque de ira. Los caminos del señor, aquel día parecieron más inescrutables de lo que nuca fueron.

El infierno, como era de esperar, presentaba una densidad de población muy grande, incluso había que solicitar turnos, para acceder a los suplicios. El diablo y todo su personal, eran muy estrictos con el cumplimento de las penas en los tiempos establecidos. Nadie quería perderse su tormento, por horrible que fuera, pues entonces los castigos se sucedían sin descanso. Eran tantos los allí reunidos, desnudos, con los pecados expuestos, grabados a fuego en sus almas destrozadas, quemadas y torturadas. Muchos se conocían de la vida terrena, y allí se mezclaban sin distinción. Realeza, nobleza, comerciantes, artesanos, campesinos, siempre ajustándose cuentas unos a otros, acumulando más y más pecados. El obispo Mateo de Taillet, llegó al infierno, y no se sorprendió de estar allí, de hecho, coincidió con muchos compañeros de seminario, incluso con la mayor parte de los inquisidores. Hay que reconocer su estoicismo, cuando recibía martirio lo aceptaba y lo sufría casi con deleite. Quizá con la esperanza de ser perdonado algún día. Fue así, hasta que, estando su cuerpo ardiendo en la zona de calderas, en horrible agonía, escuchó vibrar las cuerdas de un laúd. La voz inconfundible de Heriberto resonaba por encima del lamento general de los condenados. El obispo alzó la cabeza, y vio la inconfundible alegría del Goliardo, pasearse entre las calderas. Muchos otros asomaron la cabeza, con una mezcla de ira y sorpresa. No podían creerlo, aquel pecador disoluto, paseaba sin más, ni torturas, ni penitencias, y seguía derramando su odiosa alegría en el terrible inframundo.

Heriberto se detuvo ante la caldera del antiguo obispo.

  • ¿Su santidad, está cómodo en su nuevo alojamiento?

La alegría de aquella mirada era hiriente, como el peor de los calvarios del infierno, Mateo con las fuerzas redobladas por la rabia y por el odio, saltó de su caldera, y levantó un carbonizado puño amenazando al Goliardo.

  • ¡Maldito seas Heriberto! ¿Es que ni aquí, puedes dejar tu asquerosa alegría de lado? ¡Estás en el infierno condenado engendro del diablo!

El goliardo, le dedicó una mirada entre la compasión y la burla, y con media sonrisa y el brillo alegre y descarado de sus ojos bicolores, respondió.

  • No su santidad, yo no estoy en el infierno ¡En el infierno estáis vos! Ni me mataron vuestras llamas, ni estas me pueden quemar, porque, aunque no lo entendáis, el infierno no existe, señor, porque el infierno sois vos.

Heriberto dejó al obispo atrás, gritando enloquecido, consumiéndose entre las llamas de su odio, atizadas por la alegría de su canto, y se alejó caminado. Aquella tarde había prometido ir a cantar junto al amor de su amada madre, si allá, en el paraíso que siempre fue su alma.

Mik Way. T ©

Me obligo un poco en este relato a salir salir del genero de ciencia ficción por un dia, y así obligarme a documentar, y explorar otros estilos, espero que os guste la historia de Heriberto, que trata de demostrarnos lo relativo del cielo y del infierno y de que no hay que ir uy lejos a buscarlo. Me pasé de extensión?? jajaja eso ya me lo tendreís que decir vosotros, si se os hizo, corto, largo, o infinito jaaja Un Abrazo a tod@s

12 respuestas a “El Goliardo

  1. Está muy buena la historia, humana, emotiva. Si un poquito larga pero en todo momento se mantiene el interés así que uno desea ver qué pasa al final con el personaje. La alegría es algo que molesta a las personas amargadas y de mal corazón y eso se ve claro en tu relato. Muy bien caracterizados los personajes. Cubriste una gran franja de tiempo, ¡bueno te dio tiempo de llegar hasta el infierno! Eso me sorprendió un poco. Merecido final para el obispo y otros como él. Está perfecto que salgas de vez en cuando de la ciencia ficción, en lo personal a mí me escribir de todo pero bueno eso ya es de cada quién. Saludos…

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    1. Hola Ana, gracias por leerla que no es corta , pero si como dices mantiene el interés pues será, que el alegre Heriberto sigue repartiendo su alegría por el mundo y muchos le queremos bien, Saludos y gracias por tus palabras.

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      1. Hola, siiii jajaja el goliardo dándole en la cara a toda aquella gente, solo por eso vale la pena llegar al final, y ver el careto del obispo, Gracias por leer y comentar, Saludos Ángel

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  2. Me ha entretenido mucho tu historia, además de alegrarme por el final justo, donde después de las penurias que tiene que pasar Heriberto, más infierno que glorias terrenales, acaba haciéndose justicia con su alegría como arma. Ah, y por supuesto que acabe en el infierno el obispo.
    No me ha parecido larga porque has sabido hacerla muy amena y me ha enganchado.
    Un abrazo, Miguel.

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    1. Gracias Lola, por leer, y me alegra que te haya gustado, si ese goliardo de alegría irreductible merecía un buen final, como todas las personas que derrochan alegría, un bien tan necesario siempre. Un abrazo y gracias también por tu comentario .

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  3. Un relato interesante que nos mantiene enganchados
    de principio a fin.Con un te
    ma sobre algunas conductas humanas,que por desgracia se mantienen en el tiempo.Donde la maldad, abusos y controles,son la regla,con la finalidad de generar miedo…
    Como respuesta a todo ello,la resistencia.Que en el caso que nos ocupa,está personificada en ese ser tan golpeado. Pero con mucha luz y que siempre rie,pese a todo….👍👏

    Un abrazo🐘🕊🐘🕊🌹🌹

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    1. Hola Susana, gracias por pasarte a leer, y me encanta que te haya enganchado el relato y el personaje, la historia, y cuanto sucede en ella, porque como dices, aun estando ambientada en época medieval, algunos de esos comportamientos, parecen inherentes a la especie humana y sobreviven en el tiempo, Gracias por comentar, un Abrazo Susana. Saludos

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  4. Me ha encantado la historia, será por eso que no me percaté que era tan larga hasta que lo mencionaste al final. Concurro con Heriberto que el infierno o el paraíso lo lleva dentro cada cual y que a ningún amargado le gusta la alegría de los demás. Merecido final para el obispo.

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    1. Holaaa Amiga, muchas gracias por leer y por tu comentario, que demuestra la empatía a nuestro querido Goliardo, Heriberto, por su irreductible carácter, el relato, viene a querer decir eso, cielo e inferno es algo que nos proporcionamos nosotros solos, y que vive en nuestra alma, un gran abrazooteee¡¡¡

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  5. ¡Hola, Mik! Un relato que nos muestra un Infierno muy en la línea del concepto que la Iglesia actual ha definido como tal. No es un lugar, sino un estado del Alma. En Heriberto nos muestras la eterna lucha entre el impulso vital y el impulso destructor que anida en el ser humano. La vida se puede encarar con una sonrisa o con el gesto torcido, lamentablemente, parece que los que nos gobiernan, da igual el punto de la Historia, tiran más a este último. Quizá porque los primeros no necesitan de reconocimientos ni prebendas, les basta su propia felicidad. Estupendo relato. Saludos!

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    1. Hola David, un placer como siempre leer tu comentario, que agradezco mucho y valoro, nuestro Heriberto es un homenaje a todas esas personas a lo largo de la historia, que fueron fieles a si mismas e irreductibles, capaces de resistir al infierno que habita en el alma de los hombres y se manifiesta de forma evidente entre aquellos que acumulan poder. Gracias de nuevo, Saludos!

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