“Kintsugi”

Foto: Sangeet Rao

Takeshi Yamagawa es un tipo enjuto y fibroso, de rostro áspero, como un acantilado sobre el mar. Tiene el mal genio de un tifón, y el alma dura como diamante. Perdió la mano izquierda en Guadalcanal, en su lugar luce una burda prótesis; y desde entonces es un tullido iracundo. Hoy como cada mañana, se levantó antes del alba y preparó un té. Sentado en la parte posterior de su casa en Miyahuchi, en el porche que daba al descuidado jardín, se congració con el mundo; mientras el sol nacía envuelto en un sedoso manto púrpura. Era un ritual diario de Takeshi, pedir a la diosa del amanecer, Amaterasu, que el destino fuera favorable, y le reportase un día próspero. Se ganaba la vida cobrando préstamos, propios y ajenos, a los habitantes de la zona, a cambio de un buen porcentaje. Viudo sin hijos, aficionado al sake, bruto rozando lo cruel, astuto y tacaño, era implacable en su trabajo. Corría la voz en la comarca que poseía una pequeña fortuna, aunque vivía en una casa, que no hacía honor a los rumores. Aquella mañana cuando iba a finalizar su ritual, que incluía apurar su té de forma ceremoniosa; la taza se le resbaló de las manos. Takeshi trató de atraparla al vuelo, era su taza del destino, su puta taza de la suerte, pero no lo consiguió. La muy jodida se le escurrió de entre los dedos, como si se resistiera a ser salvada, cuando por dos veces estuvo a punto de atraparla en el aire, y cayó inevitablemente, sin vacilar. Se diría que mirando a Takeshi, con un gesto de hastío, maldiciéndolo mientras se rompía en pedazos contra el suelo de madera. Takeshi quedó petrificado por un instante contemplando los restos, un mal presagio, pensó. Al instante sobrevino un ataque de ira, de injurias y maldiciones, y pateó los restos de cerámica dominado por la furia. Era su taza preferida, decorada con motivos del sitio de Osaka, porcelana de Hasami, perteneciente a un valioso juego de té con más de doscientos años en la familia. Malhumorado desafió al amanecer puño en alto por haberle arrebatado la taza, y a la puta taza, por haberse suicidado. Le dolió perder aquel bello objeto, uno de los pocos lujos que poseía. Takeshi Yamagawa, había esperado tener una agradable mañana, hoy tenía que atender al cobro en casa de la viuda de Kimura Ishikawa. La dama Aiko había sido repudiada por su familia tras desposarse contra la voluntad parental, con un oficial de bajo rango del ejército imperial. Takeshi la deseó desde el primer día en que la vio, e hizo cuanto pudo para seducirla y mantener relaciones íntimas, sin éxito alguno. Aiko trabajaba de la mañana a la noche cosiendo kimonos y bordando finas telas. Ganaba lo suficiente para mantener su hogar y las necesidades del pequeño Akira, que apenas tenía dos años; aunque de forma precaria y arrastrando deudas. Takeshi la presionó, la acosó, la extorsionó con la deuda, pero ella no cedió un ápice, era una mujer dura, de firmes principios y orgullosa. Cuando enfermó Akira, Takeshi vio la oportunidad de someter a la dama Aiko, y entonces sucedió. Él se había plantado en casa de Aiko para ofrecerle dinero, para pagar médicos y medicinas, pero en su lugar, no sabe ni como, le ofreció amistad y consuelo. Tomaron té y charlaron, y salió de casa de Aiko solo con la promesa de postergar el pago de la deuda hasta que Akira se recuperase, sin exigir nada a cambio; excepto claro está, discreción, su fama de matón no podía verse debilitada. Ambos eran una especie de exiliados sociales, con los que la sociedad respetable rehuía el trato. Aiko estaba marcada por el deshonor que había llevado al seno de su familia; él por ser un usurero cruel y despreciable, un tullido considerado como un paria arrogante. Eran distintos, pero tenían cosas en común, principalmente, la soledad y el rechazo. Las charlas y el té se repitieron, y un día terminaron en el lecho de Aiko. Se veían con la máxima discreción en casa de la dama. Los encuentros eran ocasionales, un desahogo físico entre dos adultos, al principio mecánicos. Con el tiempo llegaron a forjar algo parecido a una relación de afecto. No había amor entre ellos, solo té, compañía, intimidad y reproches. Ella despreciaba el trabajo de Takeshi, él odiaba su altivez y su orgullo, fruto de la educación y nobleza de su linaje.

El recuerdo de la húmeda sexualidad de la viuda Aiko, casi le hizo olvidar, el mal humor por la pérdida de su taza. Estaba listo para salir a hacer su ronda de cobros, cuando escuchó que alguien llamaba sigilosamente a la puerta, algo muy inusual ¿Quién podría ser? Se encaminó hacia la puerta, y tras el panel de bambú el destino le aguardaba.

  • ¿Dama Aiko? – titubeó.

 Su rostro contorsionado por la sorpresa, dejaba entrever que aquella visita le incomodaba. Su casa era un bastión, era el cobrador de deudas de la región. Nadie iba allí, nadie le visitaba, era una figura odiada, temida, agasajada por mero interés en las tabernas y en las calles; a su manera popular, pero no tenía amigos. Su vida era solitaria, y le era beneficiosa el aura de persona ruda e intratable que se había generado en torno a su figura. Tras los saludos de rigor, el hombre invitó a la dama a pasar. Ella no pudo evitar un aire desdeñoso en su mirada, al contemplar la casa de Takeshi; en un estado que se podía estimar, más que ordinario, de abandono. Sin embargo; educadamente aceptó la taza de té, que su anfitrión le ofreció con torpe cortesía, al poco rato tras la necesaria charla informal, entró en el asunto que la había llevado hasta la casa de Takeshi. 

  • Estoy en cinta, señor Yamagawa. Espero un hijo suyo.

Takeshi estaba a punto de llevarse el té a la boca, y al escuchar aquella revelación, la conmoción fue tal, que la taza se le escurrió de nuevo, entre las manos. Su lucha por atraparla no solo resultó vana, sino que terminó con el té hirviendo derramado sobre sus manos, su mano derecha contraída por el dolor y su orgullo herido, se tradujeron en un violento ataque de rabia que descargó con furia sobre la desdichada Aiko. La dama consternada por las duras palabras del prestamista, que llegó a dudar de su honor, acusándola de interesada y descuidada, no pudo contenerse. Lanzó su taza contra el suelo, e insultó con dureza a Takeshi. Tercera taza del juego de Hasami, que terminaba con sus días de esplendor, esparcidos en pedazos sobre un tatami. El bruto de Takeshi, fuera de sí, levantó su diestra para golpear a la dama, y ella adoptó una posición defensiva, felina, divina, dispuesta a repeler el ataque, mientras llena de coraje, le dijo.

  • ¡Atrévete a descargar esa mano, e irá a hacerle compañía a la otra, maldito usurero! – dijo mientras desenfundaba una daga dispuesta a todo.

El amanecer irradiaba una luminosidad celestial a través de los paneles semiabiertos que daban al descuidado jardín, y sobre ella la dama Aiko, emergía como una poderosa diosa, fuerte y majestuosa. Takeshi ante aquella visión quedó conmocionado. Tan repentinamente como la ira le había asaltado, la calma se apoderó de él. Se arrodilló ante ella, con toda la humildad de la que era capaz, y le pidió perdón, algo en su interior se transformó para siempre en aquel gesto. La tormenta amainó. Estaban acostumbrados a estallidos de este tipo, pero era la primera vez que Takeshi mostraba tal grado de ira, y de arrepentimiento. Ambos se sentaron de nuevo, en silencio, observándose. Al momento un espontaneo ataque de risa les sorprendió contemplando el desastre en el que se habían sumido. Los restos de aquella antigua cerámica, sobre el tatami, el té derramado, una intimidad clandestina, su aislamiento, un hijo en común, ambos eran la perfecta antítesis de la sociedad en la que vivían, toda una vergüenza. Cuando lograron contener la risa, Takeshi ofreció más té a la noble joven. Entonces reparó en que solo disponía de una única taza de porcelana Hasami. La usó para servir té a la dama, él bebió de un tosco vaso de sake. Aiko lo advirtió, y se disculpó por haber sido responsable de parte de la pérdida de las valiosas tazas. Takeshi, le refirió la larga historia de aquel juego de porcelana y sus más de dos siglos en la familia y como en apenas una sola mañana se habían roto todas, excepto la que ella usaba en aquel momento.

  • Kintsugi- dijo la dama Aiko- hay un gran maestro en la ciudad, tal vez él podría devolverles la vida, unir de nuevo las tazas a través de sus heridas.
  • Soy tosco Aiko, pero conozco las sutilezas del arte del Kintsugi ¿Crees que incluso las heridas de mi porcelana pueden ser reparadas? No soy digno, he hecho mucho daño- respondió un afectado Takeshi.

La hermosa dama asintió, conversaron de forma agradable y llegaron de nuevo al tema delicado, que la había llevado hasta allí.

  •  Tengo suficiente dinero Aiko, para cuidar de ti, del hijo que llevas dentro y del pequeño Akira, toda la vida.
  •   No es dinero lo que vine a buscar, vine a poner en tu conocimiento, que había decidido interrumpir el embarazo.
  • ¿Habías?… ¿Has cambiado de opinión? – musitó Takeshi.

No solían tutearse, pero en aquel instante les parecía lo más natural.

  • Kintsugi– dijo Aiko- eres un buen hombre a pesar de todo Takeshi.

La vida había sido especialmente dura con ambos. La soledad les había unido, una nueva vida nacía, y ambos habían tomado la decisión de unir sus caminos. Aquella mañana durante un momento sintieron felicidad, no sabían reconocerla, porque les había sido ajena desde que tenían memoria, pero sintieron chispear el alma, como si se reencontrasen con la primera sonrisa de una olvidada inocencia infantil.

Takeshi pedaleaba hacia la ciudad para ver al maestro Yoshida, el único artista en el arte del Kintsugi, de toda la prefectura. Pensaba en la belleza del alma de Aiko, en la buenaventura de una nueva vida junto a ella y a un hijo, su hijo. Amaterasu, le había regalado un sueño aquel amanecer. Volvió del frente del pacífico, mutilado y odiando la naturaleza humana, capaz de todas las atrocidades. Se odiaba a sí mismo, hasta que conoció a la dama Aiko, la amaba. Llevaba en su macuto los pedazos que había recuperado de las tazas rotas durante aquella extraña mañana, los habían recogido juntos entre risas, también la única taza que había sobrevivido, como modelo para el maestro Yoshida.

  • Quizá mi hijo, conozca un mundo donde la maldad humana solo resida en el recuerdo. El mundo entero debería acudir al maestro Yoshida– se dijo en voz alta.

Takeshi pedaleaba con fuerza, quería llegar pronto al taller del maestro, no vio el bache en la pedregosa carretera, la bicicleta dio un pequeño brinco, y del macuto salió volando la única taza que se mantenía de una pieza.

  • ¡Oh mierda! ¡Maldición! –  

La taza voló un metro y se hizo añicos contra las piedras de la carretera. Takeshi enrojeció, las venas de las sienes se le hincharon. Aiko, pensó en ella, suspiró profundo, y controló su mal genio. Desmontó y con paciencia, pasó cerca de media hora rebuscando trozos de cerámica ente las piedras y la gravilla del camino -Kintsugi- se dijo. Ya podría haber llegado al centro de la ciudad, pero iba a llegar tarde al taller. Yoshida empezaba a trabajar a las ocho de la mañana, quizá ya no le atendería. Miró su reloj, eran las ocho y catorce minutos de la mañana, 6 de agosto de 1945, un sol deslumbrante brillaba sobre Hiroshima. La maldad humana cayó del cielo, Takeshi escuchó una voz en su interior << No mires>>. Un miedo atroz se apoderó de él, a lo lejos una luz cegadora elevaba un hongo de muerte y destrucción. Dio media vuelta y pedaleó con todas sus fuerzas, para ir en busca de Aiko y alejarse del mundo para siempre. Nadie a día de hoy sabe del paradero de Aiko, Takeshi o sus hijos.

Mik Way. T ©

Un nuevo relato, quizá largo, quizá corto, solo espero que aporte a quien lo lea, y nunca sea tiempo perdido. No puede corregirlo mucho, últimamente me falta tiempo para escribir, cualquier comentario, anotación, o apunte será bien recibido. saludos a tod@s un abrazo!!!

El ‘Kintsugi’ es una técnica centenaria de Japón que consiste en reparar las piezas de cerámica rotas y que ha acabado convirtiéndose en una filosofía de vida. Dejo un enlace para ampliar información:

<p class="has-drop-cap" value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">https://elpais.com/elpais/2017/12/01/eps/1512125016_071172.html https://elpais.com/elpais/2017/12/01/eps/1512125016_071172.html

8 respuestas a ““Kintsugi”

  1. Hola, calamar. Me gustó mucho la historia y sobre todo la forma en que está narrada. Es una delicia leerla y te lleva con gracia y delicadeza a un tema brutal y terrible. Ese amanecer de amor que pudo haber cambiado la vida de los protagonistas, esa chispa de bondan que pudo haber nacido en ese usurero, todo quedó sepultado bajo una tremenda realidad, la guerra.
    Un abrazo

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    1. Hola mireugen, muchas gracias por tu lectura, este tipo de textos se suelen considerar extensos, y es más difícil que los lean, me encanta que te haya llegado la experiencia de los protagonistas, y lo hayas disfrutado, un gran abrazo. Saludos¡¡

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  2. Hola Mik, muy buen relato, los personajes están bien planteados y la historia es conmovedora. Interesante la información del Kintsugi. El final es triste e impresiona porque todos sabemos que lo de Hiroshima es real. Hace pensar en cuántas historias pudieron suceder más o menos así. Saludos.

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    1. Muchas gracias Ana, por tu lectura y comentario, siempre he pensado que ante hechos tan terribles, cuantas vidas anónimas con sus cotidianidades, se truncan, y esas enormes pérdidas personales la historia termina anotándolas en simples números. Saludos, un abrazo¡¡

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  3. Muy buena tu historia enmarcada en la cultura nipona.Entre dos protagonistas muy diferentes entre sí pero con un denominador común:Ser solitarios.
    Un hombre un tanto primario, dado a la ira,usura y de escasa o nula empatía. Entabla una
    relación con una dama educada y delicada, pero con una personalidad acusada.La cual logra de forma paulatina,entre los encuentros y los rituales del té que le afloren los sentimientos a ese hombre
    tan rudo,rescatándole el lado humano …
    Cuando la relación se consolida y se corona con la venida de un hijo ,todo salta por los aires rompiéndose en mil pedazos como sus malogradas tazas..
    Un triste acontecimiento histórico es la causa de sus desgracias, la mortal Bomba atómica que termina con un pueblo al instante, y con las siguientes generaciones
    que soportarán las mutaciones…😪😪.
    Gracias por tu relato, que como siempre nos aportan
    conocimientos y nos hace reflexionar de tantísimas cosas…👍👏🕊🌹🕊
    Un abrazo y mucha suerte

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    1. Hola Susan, gracias a ti, por leerlo y por seguir todos los relatos con tanto interés, para mí es un placer escribir y mucho más si luego, siento que llega el relato al lector y le hace sentir y pensar, muchísimas gracias por tu lectura, siempre, y por tus comentarios. Un gran abrazo¡¡¡🌹🌹✨✨✨😉😉

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  4. ¡Hola, Mik! Desde luego que ese juego de tazas de té parecía anunciar poco a poco el triste destino. Me ha gustado mucho la manera en la que has llevado esta relación, convulsa y que nos lleva de un extremo a otro, de la ternura a la ira, y al revés. Compleja, como son todas las relaciones humanas. Relaciones tan intensas en el día a día, pero tan frágiles y expuestas al destino que nos supera. Como esa bomba que arrasó Hiroshima. Me gusta ese final que subraya el mensaje del relato y creo que uno de los deus ex machina más bien traídos de los que he leído. Tiene significado.
    Como única sugerencia, quizá el primer párrafo tendrías que usar algún punto y aparte para que el párrafo sea más amable a la vista a la hora de su lectura. Un muy buen relato. Un abrazo!

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    1. Hola David , muy agradecido por tu comentario, tu apunte, que voy a poner en práctica, tu lectura, y interés en leer los relatos y comentarlos, es un gran apoyo que ayuda a seguir escribiendo y mejorando, un gran abrazo David, saludos¡¡¡

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