«La sangre del inocente»

El artesonado de hierro del almacén, no quiso guardar para sí, las palabras sentenciosas que retumbaron amargas desde la garganta quebrada y oscura de aquel ser, y estas resonaron despacio, resbalando por la pared, como la savia de un árbol muerto, y se perdieron bajo la tierra.

¡La sangre del inocente es quién remuerde a dios ! ¡Yo seré la mano que invocará a la justicia, y hará que dios vuelva a darnos el Edén y la paz para toda la humanidad!

Alvito, comerciante de grano, escuchó esas palabras y sintió entonces la hoja fría del cuchillo de cocina, que había desenfundado el monstruo, deslizarse sobre su cuello. Escuchó el sonido de su carne desgarrándose, ahogando su grito de terror.

La sangre emitió un leve zumbido y brotó ágil y veloz, como un preso fugitivo. Alvito sintió la muerte devorando su alma. La vida le abandonaba, sintió los senderos cálidos que la sangre dibujaba sobre su cuerpo desnudo, que colgaba de un gancho por las manos, en el almacén del puerto. Tras horas sufriendo la tortura de aquella bestia, había aceptado lo inevitable, su muerte era irrevocable, y su redentora.

Habían llamado a la oficina horas antes tenía una importante visita, un buen cliente, buenas credenciales, y un buen dinero que ganar. Alvito haría una excepción y recibiría a la visita, aunque fuese fuera de horas de trabajo. A las 20:00 horas, comenzó todo.

No había compasión en la mirada del monstruo. Alvito Sentía vergüenza, una terrible vergüenza, estaba totalmente desnudo y así le encontrarían al otro día, cuando, Jesús el capataz llegase a primera hora para abrir las puertas. Amordazado, lleno de rabia, y con el rostro desencajado por el dolor, quiso maldecir a su asesino, sus movimientos bruscos solo aceleraron su muerte.

El monstruo permaneció sentado, en una silla plegable, de las que se usaban en la zona de descanso de la empresa. Sus ojos seguían los regueros de sangre, como el que observa los efectos de una inundación. La piel blanca de Alvito, estimuló al monstruo, lo deseaba, lo quería para sí, para su espectáculo, para su goce personal, desde el primer día que lo conoció. Aquel día, semanas atrás en una convención, mientras Alvito sonreía, él lo evaluaba con detalle, y llegó a la conclusión de que dios amaba a esa clase de tipos.

La sangre derramada en un amplio charco que parecía un océano de barro rojo, se coaguló del todo antes del amanecer. El monstruo se levantó de la silla, y con extrema delicadeza, respeto y esmero limpio el cuerpo, y procedió a las libaciones de agua bendita. El monstruo se santiguó, y con una voz grave y pomposa dijo “Estas limpio, la tierra es feliz, tu sangre inocente nos traerá de nuevo a dios”.

El crimen se descubrió a la seis y media de la mañana, los rotativos aterrados por este nuevo ataque decidieron cambiar sus primeras planas, el asesino había vuelto a atacar.

El parlamento recibió la noticia en pleno debate, el gobierno tambaleante no podía permitirse más críticas.  Con los ojos llenos de lágrimas sinceras, una voz se alzó, llena de emoción

– Señores diputados, miembros del gobierno… hoy mi dolor es profundo, y vivo la tragedia como nadie en esta sala – ¡La sangre del inocente es quién remuerde a dios ! ¡Yo seré la mano que invocará a la justicia, y hará que dios vuelva a darnos el Edén y la paz para toda la humanidad!

Mik Way. T ©

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