La cabañita del bosque                  

Foto by pexels: Maria Eduarda Loura

                   Una callosidad se había formado en el horizonte, quizás debido al uso excesivo del amanecer; o tal vez por culpa de la retorcida lengua de los amantes nocturnos, prometiéndose utopías. No lo sé. El cielo ya no era igual, la turba agonizaba en plena juventud; el éxito de la discapacidad intelectual y emocional de la especie, se reflejaba en ese cielo agotado y deforme, cansado de luchar día tras día, contra la oscuridad. No se trata de una sociedad despojada de valores, tiene tantos como un vestido de lentejuelas, pero, al igual que este, solo se usan en acontecimientos señalados. Las calles viven más iluminadas que sus transeúntes, gentes que caminan deprisa, y a las que les resulta trabajoso centrar su atención, más allá de lo que sucede en las pocas pulgadas de una pantalla. Así las cosas, no era raro que nadie supiera nada en aquel barrio repleto de piscinas de aguas cristalinas. Nunca oyeron nada, ni vieron nada, y mucho menos denunciaron nada, de todo cuanto intuían que ocurría, en la más hermética de las privacidades, la del silencio colectivo. Si al menos alguien hubiera podido grabar un short y publicarlo en redes, tal vez las cosas podrían haber sido distintas, pero Carmina no tuvo tanta suerte. Su particular travesía del infierno, nunca fue digitalizada y almacenada en la nube, así que, su dolor al ser invisible, parecía estar condenado a no tener fin, sino con el cumplimiento del ciclo natural y la llegada de la muerte.

Las moscas zumban junto al cadáver, todo un enjambre. Un cuervo emana entre el ramaje frondoso de un nogal cercano. Observa ladeando su mirada oscura, olfatea intrigado, detiene su movimiento, parece afectado; cicatriza la curiosidad, la desconfianza agita el instinto. El córvido, sabio, bate las alas y se aleja. El amor vive escarchado sobre la tenue madrugada, abrazado a las sombras y a los grises, obedece sin rechistar a las primeras caricias de la luz, y luego se derrite, se transforma, y cumple con las leyes universales de la vida. La muerte dopa el lóbulo temporal que nos transporta a otras vidas, y luego llega el borrado. Una impresionante exposición fotónica desencadena todo. Hace años que ella entró en un túnel, presa en una pesadilla, y allí nunca llegó el más mínimo rayo de luz. Hoy ha podido contemplar la luz, la paz que le transmitía, ese rumor como de oleaje lejano, anunciándole el final de todo sufrimiento. Solo escucha el ritmo cadencioso de su pecho agotado, su respiración, el sabor del aire en un mundo en el que por fin se siente libre. 

No puede recordar por qué hay un muerto rancio en su jardín, no puede, pero intuye algo terrible. Carmina vislumbra un espejismo, un valle sembrado de flúor, o puede que fuese simplemente hierba, pero a la memoria le viene el flúor ¿El flúor lo blanquea todo, o solo los dientes? hay un joven revólver sobre la vitrocerámica de la cocina, ingenuo pero eficaz, un juguetito de L, que solía usar para aterrorizarla. Hace varias horas que no contesta al teléfono, absorta por el insistente sonido de las moscas dándose un festín, cerca de la piscina. Percibe un agrio olor en el interior de su boca, proviene del esófago, es culpa y miedo deshaciéndose en el ácido vaivén de sus jugos gástricos. Carmina sonríe y disfruta de una plácida digestión, y recuerda, los recuerdos la asaltan mientras comienzan a degradarse. Su vida caminaba al filo de un acantilado, el amor la puso ahí, o algo parecido. Ella siempre amó desenvuelta y sin requiebros, en un mundo donde el amor se consume, convenientemente procesado, por el desgaste diario al que le somete la rutina. Quiso a L, primero por amor, luego por inercia, testarudez, tal vez, luego no sabe por qué, cuando quiso darse cuenta el amor había sido canjeado por el miedo, a fuerza de golpes: fracturas de torsión, lesiones internas; hemorragias, contusiones; un catálogo infinito de humillaciones, y el alma hecha pedazos; Tras el destrozo, él la escondía. La sacaba de la vista de todos, para cubrir apariencias. L, era un hombre al que le gustaba aparentar felicidad, como muestra evidente de su prosperidad. Así que cuando los signos de violencia eran evidentes, recurría al cinismo, a la mentira, y confiaba en la hipocresía generalizada, para encubrir el desastrosos resultado de su descontrolada violencia. L era hombre de reconocido apellido, y familia de gran reputación, que a toda costa debía mantener.

—¿Dónde está Carmina? — preguntaban vecinos y allegados, con ponderado interés.

— ¡En la cabañita del bosque, nuestro nidito secreto, tomándose un descanso! — replicaba L, con sonrisa exuberante, sosteniendo un trago seco en la mano, y una mirada pura, azulada y vidriosa como el agua de las dichosas piscinas del barrio, bajo un arco supraciliar marcado, desafiante. Si alguien insistía en preguntar por Carmina, sus ojos eran como cuchillos de cristal, dispuesto a degollar a cualquiera, y de nuevo recurría a su intimidad y a la cabañita del bosque, para salir airoso del paso.

Nadie supo nunca donde estaba la condenada cabañita del bosque, tampoco indagaban más allá de la formalidad, y la frágil sombra de un fugaz recelo. Incluso para algunos, que la pareja tuviera un nidito secreto, les parecía un detalle de la cálida complicidad existente, entre L y Carmina. Otros asentían, callaban, fingían, compadecían; miraban al cielo, o al suelo, y por último olvidaban. Ella permanecía encerrada días, a veces semanas enteras, le estaba prohibido dejarse ver hasta que las heridas o moretones dejasen de ser evidentes. Mil millones de poetas exprimidos hasta el tuétano no podrían expresar, en una antología, la agónica estancia en el infierno de Carmina; la maldita cabañita del bosque. Si una sola persona se hubiera aventurado un instante en su mirada, habría enloquecido por contagio en su naufragio verdoso. Nunca sucedió. El mundo pasó de largo, hasta que Carmina descargó tres balazos sobre la historia de su vida, que se pudría lentamente en la sonrisa deslumbrante de L. Condenada hasta que la muerte los separe, no se lo pensó. L debía cumplir al menos con uno de los juramentos matrimoniales, y las moscas lo atestiguan.

Sonríe, respira con calma, van a venir a buscarla. Rejas de sólida aleación acotarán su libertad de movimiento, descarnado pájaro que el aire no sustentará, nunca lo hizo. Una bandada de gritos ahogados, revolotea en su cabeza. Hay un eco de sirenas envolviendo su confusión, cantan con la intermitencia pálida con la que lo hace la felicidad. Hoy por fin ha despertado, la luz procede al borrado de sus pesadillas. Llaman al timbre de la puerta repetidamente, tipos marchitos que visten uniformes arrugados, cansados de llamar a docenas de timbres. Carmina llega sin prisas hasta la verja, el sol se ensaña con su mirada tierna.

—Perdón señora, hemos recibido una llamada, ¿va todo bien? ¿Y su marido? — pregunta con indolencia de funcionario.

— ¿L? pues en la cabañita del bosque, tomándose un descanso ¿Quieren café? Puedo hacer café— responde amablemente. — …en la cabañita del bosque…— repite desde una radiante inocencia.

— ¿Le importa indicarnos donde se encuentra la cabañita del bosque señora? — pregunta el policía con recelo.

— Faltaría más agentes, pasen y busquen— replica Carmina, mordisqueándose el labio inferior con picardía.  Finge rebuscar en su memoria la ubicación correcta, y continua alegremente. — Creo… ¡creo que está ahí, pudriéndose en el fondo del jardín!

Mik Way. T ©

14 respuestas a “ La cabañita del bosque                  

    1. Me costó muchas vueltas buscar una manera de abordar el tema, es como dices, duro, delicado y una lacra con la que no deberíamos convivir, está en manos de todas las personas poner cada uno su grano de arena, para llegar a terminar con situaciones tan terribles. Gracias por tu lectura, y tu comentario. Saludos.

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  1. Un relato más que interesante.
    Te sumas a las voces contra la violencia machista.La lacra universal.
    Plasmas el infierno silencioso vivido, por la protagonista,de forma elocuente; con el toque de tumaravillosa pluma.
    Al final logras dar una salida, un tanto compensatoria para la víctima.
    .Una forma definitiva de cortar el mal de raiz¡¡¡
    Felicidades 👍👏🐘🐘🌹🕊🌹
    Un fuerte brazo

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    1. Hola Susana, si me sumo a las voces contra situaciones de indefensión, para las personas que sufren de abusos, de violencia, de tortura, por aquellos que especulan con el miedo y la fuerza, y con la inacción de quienes lo toleran, es un problema que hoy dia adquiere notoriedad por la violencia machista, pero que en realidad viene de lejos y se extiende mucho más allá. Gracias por tu lectura y tu comentario, un abrazo grande¡¡

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  2. ¡Hola, Mik! Un relato que es la hostia, con perdón. Cuando se dice aquello que lo importante es cómo se cuenta una historia, este relato sería un ejemplo perfecto. Una historia de venganza contra el maltratador es algo muy visto, pero el enfoque, la forma de narrarla como lo has hecho hace que nos parezca nueva y con muchos matices. Maravilloso relato. Enhorabuena!

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    1. Hola buenos días David, más que perdonado jajaja, me alegra mucho tu comentario, era un tema delicado y como dices muy tratado, así que conseguir que la historia parezca interesante ya me hace sentir satisfecho, muchas gracias por tu lectura, aprecio mucho tu opinión, un gran abrazo, saludos¡¡¡

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  3. Mik, gran relato sobre un tema difícil donde la crudeza y lo delicado se entrelazan. Me ha gustado mucho. Me gusta el ritmo del relato y por supuesto tu estilo inconfundible que nos hace disfrutarlo aún más. Saludos.

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